miércoles, abril 18, 2012

El monje y el pecador

Tras darse cuenta de cómo le pesaba la conciencia, y descontento por la parafernalia exaltada que le horrorizó la semana anterior, el pecador se dirigió a otro templo a buscar el encuentro con Dios. Mientras se dirigía hacia en santo lugar, oraba fervientemente para que le fuera dado el consuelo y el perdón misericordioso de sus pecados, ya que le estaba vedada la comunión divina. 


Cuánta no sería su sorpresa al ver de lejos a un hombre calvo con un rostro serenísimo, con las manos juntas, asistiendo al obispo en la celebración, que aunque no hecha a la manera tradicional y milenaria, se sentía solemne. Con una reverencia traída desde tiempos remotos, leyó las Escrituras.



Fue algo que sobrecogió el corazón del pecador. El monje conducía cada palabra, cada letra, con una suavidad danzante, pero natural, que generaba un eco majestuoso dentro de las paredes del templo. Parecía un viaje en el tiempo.

Tras finalizar la Misa, el pecador se dirigió hacia su cura amigo, para ver si le podía perdonar los pecados, y ante la imposibilidad, apareció providencialmente el monje, y accedió gustoso a la petición. Escuchó al pecador con atención. Fue bastante severo en su consejo, pero a la vez compasivo. Dio la penitencia y el perdón, y hablaron brevemente sobre su hábito; y mientras el monje tomaba otra dirección, el pecador se alejó de allí, maravillado y con lágrimas en los ojos, no sólo por haberse reconciliado con Dios, sino también por haber conocido un carácter forjado en la oración, en la contemplación divina y el desapego

De esas experiencias que ocurren, simplemente, sin asidero secuencial ni lógico; o sea, de manera providencial.

sábado, abril 14, 2012

De aquellos días.

Trataré de ser breve. Hoy es uno de esos días, junto con el de ayer, en los que te levantas sin saber qué carajo te pasa. Sientes una pesadez en la cabeza que no te deja esbozar una sonrisa. Y sumado a tu situación particular, te empiezas a acordar de cuando tenías todas las ganas de levantarte a luchar por un futuro. Cuando tenías algo qué hacer por el mundo y por ti mismo. Pero en vez de echarte a morir, tratas de acordarte qué hacías antes para estar contento. Para devolverle a tu vida laxa y monótona los colores que te hacían sentir vivo. 


Sobre todo se me contrapone el hecho de haber sabido tantas cosas, pero darme cuenta que no tengo sabiduría. Sí, estimados lectores y amigos, siento que de nada me ha servido mi conocimiento. 

Me recuerda a lo que Siddhartha, el protagonista del gran clásico de Hermann Hesse le mencionaba a su amigo Govinda:

 “Sí, he tenido ideas y hasta conocimientos en forma esporádica. A veces durante una hora o por un día, he sentido el saber en mi interior tal y como uno siente la vida en su corazón. Eran muchas ideas, pero me sería difícil comunicártelas. Mira, Govinda, ésta es una de las cosas que he descubierto: no se puede comunicar la sabiduría. La sabiduría que un sabio intenta comunicar a otros suena siempre a insensatez.” 

No digo, en todo caso que yo sea un sabio, pero sí ha habido gente que se ha hecho expectativas demasiado grandes sobre mí por el hecho de tener un bagaje superior a la media de las personas, y yo no he sabido utilizar este conocimiento tampoco. 

Y hablaba al principio en segunda persona porque me da congoja saber que estoy hablando de mí mismo, y saber que no debería sentirlo, pero es la voz de mi alma en estas palabras. Espero poder en un corto plazo escribir palabras más alegres.

viernes, abril 13, 2012

Una reflexión otoñal al aire libre sobre Occidente v/s Oriente: la felicidad y sus conceptos.

Sabido es que para las culturas orientales la sensación de bienestar es atribuida a cánones muy diferentes, por no decir opuestos, a Occidente. Mientras que en nuestros entornos conocidos, la satisfacción del consumo es la tónica, los principios espirituales y la calidad de vida suelen ser mucho más importantes para los habitantes del Este.

En Occidente nos clasificamos además por la observación de nuestros aspectos externos, tales como la belleza física, el comportamiento en público, los gustos personales, la ropa, los ornamentos (innecesarios en muchísimas ocasiones). Desgraciadamente, y muy al pesar de las muy bienintencionadas opiniones de muchos, muchas veces el prejuicio sobre las vestiduras termina siendo un prejuicio confirmado con la interacción.

También la motivación moral nos diferencia. Mientras muy claramente San Agustín de Hipona nos habla de que la motivación moral radica principalmente (con las abundantes excepciones, claro está) en el temor al infierno, o al castigo en general, por el contrario, parece ser, según las continuas insistencias de los maestros budistas como el Dalai Lama, Suzuki, Thich Nhat Hanh, o de hindúes como Vivekananda, Srila Prabhupada, Shivananda, o devolviéndonos al cristianismo, a San Basilio de Cesarea "El Magno", unos de los Padres de la Iglesia de Oriente, hacer el bien nos posiciona en una conexión con el mundo en su conjunto y nos da un estado particular y especial de vida, espiritualizado, que proporciona experiencias enriquecedoras que nos acercan cada vez más a la meta común del ser humano: la felicidad.

Mientras escribía las ideas que sustentan este texto, observaba cómo las hojas toman una poética actitud suicida, en este otoño en llamas. Una, de hecho voló hacia mí como tratando de alcanzarme. De una manera tan sencilla como alegórica, comprendí que a pesar de su aparente muerte, contribuye con desprenderse del árbol a una construcción más grande y tan bella como es el paisaje otoñal. Tal como nos explican los personajes citados.

Vivimos en una continua vorágine de noticias aterradoras, anuncios proféticos de mucha o poca seriedad, que parecen estar en una continua conflagración contra los intentos del ser humano por estar tranquilos, felices y calmados. Parece que hubiese algún poder humano o sobrenatural que estuviese resuelto a atemorizarnos y no dejarnos encontrarnos con nuestro propio ser.

Se nos enfrenta la escasa capacidad de los sistemas políticos occidentales con las siguientes actitudes: el estar permanentemente tensos dando nuestras opiniones incómodas que contribuirían, en teoría a mejorar el bienestar colectivo, o adoptar un silencio cómodo que nos permitiría estar tranquilos, pero que nos haría llover las críticas por ser “cómplices del sistema”. Pero de una u otra forma, nos encontramos insatisfechos. Sufrimos casi todos de una procrastinación crónica; postergamos perpetuamente nuestras metas, sueños y alegrías por efímeros logros económicos. Nuestras aspiraciones son mutiladas cada vez.

¿Alguien se ha fijado que las personas que mantienen una continua preocupación por las cosas malas o terribles viven experimentando y encontrando cosas que “les dan la razón”, pero los que viven pendientes de ser felices, de buscar y perseguir sus sueños también las encuentran? ¿Que a muchos les es más fácil observar la frenética violencia roja que el verde y lento crecimiento del pasto?

Y justamente mientras pensaba en esto, una enorme nube comenzó a cubrir el sol de media tarde para ya no alejarse. Me recordó a esas personas, entre las que me incluyo.


Vivimos en un modelo de civilización hemisferial que nos exige ser parte de uno de dos extremos: o la ganancia social en pro de la pérdida espiritual o viceversa.

Más arriba decía que el prejuicio sobre las vestiduras termina siendo un prejuicio confirmado con la interacción.
Y luego, me ocurrió que mientras observaba una comunidad de aves cooperando entre ellas para alimentarse, un perro vago se me acercó y lo miré no sin cierta inseguridad, pero de inmediato movió su cola y se acercó cariñoso a apoyar su cabeza en mis rodillas. Luego, se puso a observar el lago, en una actitud tan reflexiva como la que tenía yo en ese momento. Y me di cuenta de que la mayoría de los hechos no hacen una regla.

Los perros vagos son un reflejo bastante cercano a los efectos que se observan en la sociedad humana de esta pérdida de rumbo que en algún minuto del siglo XIX o XX tomó Occidente. Perros de una u otra clase, algunos engreídos, otros humildes, algunos limpios, otros sucios, algunos alegres, otros furibundos, algunos satisfechos, otros hambrientos.

¿Qué debemos hacer, entonces, para ser felices en Occidente? ¿Qué lecciones debemos aprender, sin renunciar a nuestra historia ni nuestras identidades, de los orientales? ¿Qué necesitamos saber o practicar para atender esta necesidad, más bien este derecho humano universal de la felicidad?

Mientras pensaba esto, la gran nube cerró todo el cielo y amenazó con dejar caer la lluvia sobre mi cabeza.