Sabido es que para las culturas orientales la sensación de bienestar es atribuida a cánones muy diferentes, por no decir opuestos, a Occidente. Mientras que en nuestros entornos conocidos, la satisfacción del consumo es la tónica, los principios espirituales y la calidad de vida suelen ser mucho más importantes para los habitantes del Este.
En Occidente nos clasificamos además por la observación de nuestros aspectos externos, tales como la belleza física, el comportamiento en público, los gustos personales, la ropa, los ornamentos (innecesarios en muchísimas ocasiones). Desgraciadamente, y muy al pesar de las muy bienintencionadas opiniones de muchos, muchas veces el prejuicio sobre las vestiduras termina siendo un prejuicio confirmado con la interacción.
También la motivación moral nos diferencia. Mientras muy claramente San Agustín de Hipona nos habla de que la motivación moral radica principalmente (con las abundantes excepciones, claro está) en el temor al infierno, o al castigo en general, por el contrario, parece ser, según las continuas insistencias de los maestros budistas como el Dalai Lama, Suzuki, Thich Nhat Hanh, o de hindúes como Vivekananda, Srila Prabhupada, Shivananda, o devolviéndonos al cristianismo, a San Basilio de Cesarea "El Magno", unos de los Padres de la Iglesia de Oriente, hacer el bien nos posiciona en una conexión con el mundo en su conjunto y nos da un estado particular y especial de vida, espiritualizado, que proporciona experiencias enriquecedoras que nos acercan cada vez más a la meta común del ser humano: la felicidad.
Mientras escribía las ideas que sustentan este texto, observaba cómo las hojas toman una poética actitud suicida, en este otoño en llamas. Una, de hecho voló hacia mí como tratando de alcanzarme. De una manera tan sencilla como alegórica, comprendí que a pesar de su aparente muerte, contribuye con desprenderse del árbol a una construcción más grande y tan bella como es el paisaje otoñal. Tal como nos explican los personajes citados.

Vivimos en una continua vorágine de noticias aterradoras, anuncios proféticos de mucha o poca seriedad, que parecen estar en una continua conflagración contra los intentos del ser humano por estar tranquilos, felices y calmados. Parece que hubiese algún poder humano o sobrenatural que estuviese resuelto a atemorizarnos y no dejarnos encontrarnos con nuestro propio ser.
Se nos enfrenta la escasa capacidad de los sistemas políticos occidentales con las siguientes actitudes: el estar permanentemente tensos dando nuestras opiniones incómodas que contribuirían, en teoría a mejorar el bienestar colectivo, o adoptar un silencio cómodo que nos permitiría estar tranquilos, pero que nos haría llover las críticas por ser “cómplices del sistema”. Pero de una u otra forma, nos encontramos insatisfechos. Sufrimos casi todos de una procrastinación crónica; postergamos perpetuamente nuestras metas, sueños y alegrías por efímeros logros económicos. Nuestras aspiraciones son mutiladas cada vez.
¿Alguien se ha fijado que las personas que mantienen una continua preocupación por las cosas malas o terribles viven experimentando y encontrando cosas que “les dan la razón”, pero los que viven pendientes de ser felices, de buscar y perseguir sus sueños también las encuentran? ¿Que a muchos les es más fácil observar la frenética violencia roja que el verde y lento crecimiento del pasto?
Y justamente mientras pensaba en esto, una enorme nube comenzó a cubrir el sol de media tarde para ya no alejarse. Me recordó a esas personas, entre las que me incluyo.

Vivimos en un modelo de civilización hemisferial que nos exige ser parte de uno de dos extremos: o la ganancia social en pro de la pérdida espiritual o viceversa.
Más arriba decía que el prejuicio sobre las vestiduras termina siendo un prejuicio confirmado con la interacción.
Y luego, me ocurrió que mientras observaba una comunidad de aves cooperando entre ellas para alimentarse, un perro vago se me acercó y lo miré no sin cierta inseguridad, pero de inmediato movió su cola y se acercó cariñoso a apoyar su cabeza en mis rodillas. Luego, se puso a observar el lago, en una actitud tan reflexiva como la que tenía yo en ese momento. Y me di cuenta de que la mayoría de los hechos no hacen una regla.
Los perros vagos son un reflejo bastante cercano a los efectos que se observan en la sociedad humana de esta pérdida de rumbo que en algún minuto del siglo XIX o XX tomó Occidente. Perros de una u otra clase, algunos engreídos, otros humildes, algunos limpios, otros sucios, algunos alegres, otros furibundos, algunos satisfechos, otros hambrientos.
¿Qué debemos hacer, entonces, para ser felices en Occidente? ¿Qué lecciones debemos aprender, sin renunciar a nuestra historia ni nuestras identidades, de los orientales? ¿Qué necesitamos saber o practicar para atender esta necesidad, más bien este derecho humano universal de la felicidad?
Mientras pensaba esto, la gran nube cerró todo el cielo y amenazó con dejar caer la lluvia sobre mi cabeza.
