sábado, octubre 13, 2012

De mujeres crueles y hombres tontos

Hace tiempo reflexioné esto, que quiero compartir con ustedes y saber sus opiniones. Ante todo, no aludo a nadie en particular, sólo son algunas observaciones.

Debo confesar que me desagrada mucho la actitud de algunas mujeres (casi siempre solteras) que se saben bonitas, que buscan, mediante elaboradas sesiones fotográficas y palabras cliché, ganarse los elogios y los "me gusta" de los hombres,
haciendo poses de revista de modas y escribiendo textos que las muestran como "mujeres súper seguras".


A una mujer que esté realmente contenta y segura eso se le nota naturalmente, le sale a flor de piel, y la hace realmente atractiva; esa mujer no necesita de shows artificiales que lo único que me hace pensar es que las que los hacen son minas con trancas que necesitan de un(os) tonto(s) para controlar y para que les suba el ego (aún más). Porque siempre más de alguno cae, y sufre la dinámica de una relación aparentemente mutua. Y mujeres así no me parecen atractivas en lo absoluto, porque en el minuto que algo salga de su control, lo más probable es que estallen en ira. Y en esa dinámica, las relaciones de amistad o de pareja, ni funcionan ni son sanas.

¿Qué opinan?

martes, octubre 09, 2012

Cambios y alegrías profundas

¿Recuerdan, estimad@s lector@s, que hace algunos meses mi vida no iba como yo quería? Bueno, eso ha cambiado totalmente. Me abandoné a Dios, a Su amor, a Su Paternidad divina, la cual quiere vernos felices, en armonía con Sus mandatos, pero también por mi empeño en luchar por mis sueños, perseguirlos sin cansancio hasta obtenerlos, por agradecer profundamente cada cosa buena que se tenga o se disfrute, por sencilla y pequeña que sea.

Hoy estoy trabajando en el lugar que siempre quise, teniendo éxitos en todo orden de cosas; sociales, económicas, familiares... pero hasta hoy faltaba algo, que reencontré por un maravilloso milagro. Una parte fundamental: El Amor. Pero no ese Amor que circula en todos lados, el amor a tu trabajo, a las cosas que tienes, a tu familia... No.



Hablo del Amor romántico, ese amor que nos lleva a las locuras que el resto de las personas consideran raras o absurdas, pero que en el fondo de cada alma, la satisface profundamente, porque está compartida con alguien, que te entrega ese mismo amor que tú entregas. Esa llama que inflama el pecho de alegría. Esa persona con la que recorrerías el mundo, en la que piensas todo el día, con cuyo corazón entrelazas las fibras del tuyo propio, aquella que si se aleja físicamente de ti, sientes un vacío que sólo su presencia puede llenar. ¿Y cómo pasó?

Hace algunos años, me regalaron para mi cumpleaños un libro, que por alguna razón disfruté, pero no fue muy importante, y hasta hoy, sólo lo había leído una vez. Pero hoy fue distinto.

Hoy algo me inspiró a que lo tomara nuevamente. Y al terminarlo estoy feliz, con esa dicha que da paz, pero que no te deja borrar la sonrisa de la cara. Porque hoy recuperé una parte de mí que estaba olvidada y enterrada (por mi propia causa), y todo me hizo perfecto sentido. Doy gracias por este milagro para mi alma.

Ese libro se llama "A
orillas del río Piedra me senté y lloré" de Paulo Coelho.


Quien haya vivido un proceso similar al mío, sabrá de lo que hablo. Y si no, el mensaje de este libro es bastante universal. Amar sin temor, optar por el amor, seguirlo todo lo que sea necesario. Porque llegará también, como el resto de las cosas por las que se inicia la campaña personal por conseguirlas.

A lo largo de las últimas dos semanas, diversos eventos y circunstancias me fueron preparando para hoy. Porque mi corazón recibió una revelación, y actuaré conforme a ella.

Me quedo con estas palabras:
Es necesario correr riesgos, decía. Sólo entendemos del todo el milagro de la vida cuando dejamos que suceda lo inesperado.
Todos los días Dios nos da, junto con el sol, un momento en el que es posible cambiar todo lo que nos hace infelices. Todos los días tratamos de fingir que no percibimos ese momento, que ese momento no existe, que hoy es igual que ayer y será igual que mañana. Pero quien presta atención a su día, descubre un instante de silencio después del almuerzo, en las mil y una cosas que nos parecen iguales. Ese momento existe: un momento en el que toda la fuerza de las estrellas pasa a través de nosotros y nos permite hacer milagros.
La felicidad es a veces una bendición, pero por lo general es una conquista. El instante mágico del día nos ayuda a cambiar, nos hace ir en busca de nuestros sueños. Vamos a sufrir, vamos a tener momentos difíciles, vamos a afrontar muchas desilusiones…, pero todo es pasajero, y no deja marcas. Y en el futuro podemos mirar hacia atrás con orgullo y fe.
Pobre del que tiene miedo de correr riesgos. Porque ése quizá no se decepcione nunca, ni tenga desilusiones, ni sufra como los que persiguen un sueño. Pero al mirar hacia atrás —porque siempre miramos hacia atrás— oirá el corazón que le dice: «¿Qué hiciste con los milagros que Dios sembró en tus días? ¿Qué hiciste con los talentos que tu Maestro te confió? Los enterraste en el fondo de una cueva, porque tenías miedo de perderlos. Entonces, ésta es tu herencia: la certeza de que has desperdiciado tu vida.»
Pobre de quien escucha estas palabras. Porque entonces creerá en milagros, pero los instantes mágicos de su vida ya habrán pasado.
Bendiciones para tod@s.

miércoles, julio 18, 2012

Un dilema hamletiano: ¿Ser o no ser (un monstruo)?


Me he encontrado frente a una situación que es sencilla, compleja y dialéctica al mismo tiempo. En este mundo hay gente que no tolero, tanto porque me desagradan por sí mismos, como porque me han hecho daño, una u otra razón, o ambas juntas. En tiempos adolescentes hubiese gastado todas mis energías en planear y ejecutar venganzas (que nunca usaron violencia física, sino el filo de las palabras y el ridículo público como armas).

Pero ahora, más maduro (sin llegar a serlo del todo, claro está), he decidido simplemente apartar a esas personas de mi vida, llegando a una casi total indiferencia (me queda el respeto como seres humanos aún, pero no aquel respeto que hubo cuando fueron parte de mi vida en algún momento, ni cuando hubo afectos en el pasado). Y por no querer contaminarme con odio, ni dañar mi salud física y espiritual con ello, he sido acusado de no tener sentimientos, de que “¡Eres un monstruo!”.

Me gané el epíteto por no querer dañar a esas personas estando cerca de ellas, cuando no siento afecto alguno por ellas. Por querer vivir mi vida sin ellas, puesto que ya no son ni significativas ni útiles.
Pero por toda una otra parte, ser un todoperdonador no me nace, puesto que si no lo siento, sería un completo hipócrita, no tendría mérito alguno, y eso sería peor. Pero es toda la vuelta que daré al asunto, ya que estoy contento de tener más piedras para mi castillo.

Aún no decido con qué monstruo identificarme, pero creo que por tratar de proteger mi propia salud mental y mi felicidad, creo que Cerbero estaría bien para mí.


martes, julio 17, 2012

¿Será la crisis de los veintitantos?


Ocurren a veces momentos en la vida en los que uno se desorienta. Te sientes perdido, el piso se te mueve bruscamente, te hace sentir algo como “¿Dónde carajo estoy?”. Y te levantas con un genio de mierda o lleno de energía, alegría y entusiasmo por la vida. Un déja vu de la adolescencia.

 

Por alguna razón, el tiempo se pasa volando; pero no con esa sensación agradable de cuando se está lleno de gozo, sino que sientes que has perdido horas que no volverán, y que la vida se te está yendo demasiado rápido. Recuerdas algo, y de repente han pasado 3 semanas desde eso, sin que casi te hayas dado cuenta.

Te encuentras haciendo (o tratando de hacer) cosas que no hacías hace años, desde la adolescencia; pero ahora de una manera forzada, ya que no fluye como en esos años, quizá influenciado por las hormonas. Personalmente, he llorado como un idiota viendo videos en YouTube de dibujos animados de la infancia, especialmente de Dragon Ball, y he empezado a escuchar (a pesar que me gustaron desde un principio) a Paramore, me han devuelto un poco ese ímpetu, ese “me importa una mierda, voy a hacer lo que me ponga contento” de la adolescencia.

Aun cuando me encuentro sumamente feliz, ya que mi vida ha cambiado favorablemente, puesto que participo de una agrupación coral en la que estoy muy contento y entusiasmado, y además estoy por cumplir un sueño por el que he luchado 4 largos años, ayer me levanté, como dije, desorientado.

Salgo a dar vueltas, sin objetivo ni propósito, pero me llena el alma ver la naturaleza, disfrutar aire puro (que aún puede disfrutarse en esta ciudad), observar la interacción de la fauna… pero hay un “algo” que queda sin satisfacerme del todo.
Me da lata dormirme temprano, busco cosas divertidas que ver, me duermo a las 5:00 o 6:00 AM, despierto tarde.
Puede ser la llamada “crisis de los veintitantos”, que a algunos les sobreviene sobre todo al terminar la universidad. Y es que me faltan menos de dos meses para los 25 años, lo cual no es un problema. Lo que me aterra es que sean sólo 5 años para los 30.

Soy un agradecido de la vida, pero a veces, como un humano normal, tengo altibajos, y está bien. Por lo menos no se anula mi capacidad de escribir un texto. Ayer, en un frío día invernal, quizá sólo hubiese necesitado un sorbo de destilado de alegría pasajera, jejeje.


Sugerencias, comentarios o vivencias similares, bienvenidos sean, debajo de este texto, donde dice “Comentarios”.

miércoles, abril 18, 2012

El monje y el pecador

Tras darse cuenta de cómo le pesaba la conciencia, y descontento por la parafernalia exaltada que le horrorizó la semana anterior, el pecador se dirigió a otro templo a buscar el encuentro con Dios. Mientras se dirigía hacia en santo lugar, oraba fervientemente para que le fuera dado el consuelo y el perdón misericordioso de sus pecados, ya que le estaba vedada la comunión divina. 


Cuánta no sería su sorpresa al ver de lejos a un hombre calvo con un rostro serenísimo, con las manos juntas, asistiendo al obispo en la celebración, que aunque no hecha a la manera tradicional y milenaria, se sentía solemne. Con una reverencia traída desde tiempos remotos, leyó las Escrituras.



Fue algo que sobrecogió el corazón del pecador. El monje conducía cada palabra, cada letra, con una suavidad danzante, pero natural, que generaba un eco majestuoso dentro de las paredes del templo. Parecía un viaje en el tiempo.

Tras finalizar la Misa, el pecador se dirigió hacia su cura amigo, para ver si le podía perdonar los pecados, y ante la imposibilidad, apareció providencialmente el monje, y accedió gustoso a la petición. Escuchó al pecador con atención. Fue bastante severo en su consejo, pero a la vez compasivo. Dio la penitencia y el perdón, y hablaron brevemente sobre su hábito; y mientras el monje tomaba otra dirección, el pecador se alejó de allí, maravillado y con lágrimas en los ojos, no sólo por haberse reconciliado con Dios, sino también por haber conocido un carácter forjado en la oración, en la contemplación divina y el desapego

De esas experiencias que ocurren, simplemente, sin asidero secuencial ni lógico; o sea, de manera providencial.

sábado, abril 14, 2012

De aquellos días.

Trataré de ser breve. Hoy es uno de esos días, junto con el de ayer, en los que te levantas sin saber qué carajo te pasa. Sientes una pesadez en la cabeza que no te deja esbozar una sonrisa. Y sumado a tu situación particular, te empiezas a acordar de cuando tenías todas las ganas de levantarte a luchar por un futuro. Cuando tenías algo qué hacer por el mundo y por ti mismo. Pero en vez de echarte a morir, tratas de acordarte qué hacías antes para estar contento. Para devolverle a tu vida laxa y monótona los colores que te hacían sentir vivo. 


Sobre todo se me contrapone el hecho de haber sabido tantas cosas, pero darme cuenta que no tengo sabiduría. Sí, estimados lectores y amigos, siento que de nada me ha servido mi conocimiento. 

Me recuerda a lo que Siddhartha, el protagonista del gran clásico de Hermann Hesse le mencionaba a su amigo Govinda:

 “Sí, he tenido ideas y hasta conocimientos en forma esporádica. A veces durante una hora o por un día, he sentido el saber en mi interior tal y como uno siente la vida en su corazón. Eran muchas ideas, pero me sería difícil comunicártelas. Mira, Govinda, ésta es una de las cosas que he descubierto: no se puede comunicar la sabiduría. La sabiduría que un sabio intenta comunicar a otros suena siempre a insensatez.” 

No digo, en todo caso que yo sea un sabio, pero sí ha habido gente que se ha hecho expectativas demasiado grandes sobre mí por el hecho de tener un bagaje superior a la media de las personas, y yo no he sabido utilizar este conocimiento tampoco. 

Y hablaba al principio en segunda persona porque me da congoja saber que estoy hablando de mí mismo, y saber que no debería sentirlo, pero es la voz de mi alma en estas palabras. Espero poder en un corto plazo escribir palabras más alegres.

viernes, abril 13, 2012

Una reflexión otoñal al aire libre sobre Occidente v/s Oriente: la felicidad y sus conceptos.

Sabido es que para las culturas orientales la sensación de bienestar es atribuida a cánones muy diferentes, por no decir opuestos, a Occidente. Mientras que en nuestros entornos conocidos, la satisfacción del consumo es la tónica, los principios espirituales y la calidad de vida suelen ser mucho más importantes para los habitantes del Este.

En Occidente nos clasificamos además por la observación de nuestros aspectos externos, tales como la belleza física, el comportamiento en público, los gustos personales, la ropa, los ornamentos (innecesarios en muchísimas ocasiones). Desgraciadamente, y muy al pesar de las muy bienintencionadas opiniones de muchos, muchas veces el prejuicio sobre las vestiduras termina siendo un prejuicio confirmado con la interacción.

También la motivación moral nos diferencia. Mientras muy claramente San Agustín de Hipona nos habla de que la motivación moral radica principalmente (con las abundantes excepciones, claro está) en el temor al infierno, o al castigo en general, por el contrario, parece ser, según las continuas insistencias de los maestros budistas como el Dalai Lama, Suzuki, Thich Nhat Hanh, o de hindúes como Vivekananda, Srila Prabhupada, Shivananda, o devolviéndonos al cristianismo, a San Basilio de Cesarea "El Magno", unos de los Padres de la Iglesia de Oriente, hacer el bien nos posiciona en una conexión con el mundo en su conjunto y nos da un estado particular y especial de vida, espiritualizado, que proporciona experiencias enriquecedoras que nos acercan cada vez más a la meta común del ser humano: la felicidad.

Mientras escribía las ideas que sustentan este texto, observaba cómo las hojas toman una poética actitud suicida, en este otoño en llamas. Una, de hecho voló hacia mí como tratando de alcanzarme. De una manera tan sencilla como alegórica, comprendí que a pesar de su aparente muerte, contribuye con desprenderse del árbol a una construcción más grande y tan bella como es el paisaje otoñal. Tal como nos explican los personajes citados.

Vivimos en una continua vorágine de noticias aterradoras, anuncios proféticos de mucha o poca seriedad, que parecen estar en una continua conflagración contra los intentos del ser humano por estar tranquilos, felices y calmados. Parece que hubiese algún poder humano o sobrenatural que estuviese resuelto a atemorizarnos y no dejarnos encontrarnos con nuestro propio ser.

Se nos enfrenta la escasa capacidad de los sistemas políticos occidentales con las siguientes actitudes: el estar permanentemente tensos dando nuestras opiniones incómodas que contribuirían, en teoría a mejorar el bienestar colectivo, o adoptar un silencio cómodo que nos permitiría estar tranquilos, pero que nos haría llover las críticas por ser “cómplices del sistema”. Pero de una u otra forma, nos encontramos insatisfechos. Sufrimos casi todos de una procrastinación crónica; postergamos perpetuamente nuestras metas, sueños y alegrías por efímeros logros económicos. Nuestras aspiraciones son mutiladas cada vez.

¿Alguien se ha fijado que las personas que mantienen una continua preocupación por las cosas malas o terribles viven experimentando y encontrando cosas que “les dan la razón”, pero los que viven pendientes de ser felices, de buscar y perseguir sus sueños también las encuentran? ¿Que a muchos les es más fácil observar la frenética violencia roja que el verde y lento crecimiento del pasto?

Y justamente mientras pensaba en esto, una enorme nube comenzó a cubrir el sol de media tarde para ya no alejarse. Me recordó a esas personas, entre las que me incluyo.


Vivimos en un modelo de civilización hemisferial que nos exige ser parte de uno de dos extremos: o la ganancia social en pro de la pérdida espiritual o viceversa.

Más arriba decía que el prejuicio sobre las vestiduras termina siendo un prejuicio confirmado con la interacción.
Y luego, me ocurrió que mientras observaba una comunidad de aves cooperando entre ellas para alimentarse, un perro vago se me acercó y lo miré no sin cierta inseguridad, pero de inmediato movió su cola y se acercó cariñoso a apoyar su cabeza en mis rodillas. Luego, se puso a observar el lago, en una actitud tan reflexiva como la que tenía yo en ese momento. Y me di cuenta de que la mayoría de los hechos no hacen una regla.

Los perros vagos son un reflejo bastante cercano a los efectos que se observan en la sociedad humana de esta pérdida de rumbo que en algún minuto del siglo XIX o XX tomó Occidente. Perros de una u otra clase, algunos engreídos, otros humildes, algunos limpios, otros sucios, algunos alegres, otros furibundos, algunos satisfechos, otros hambrientos.

¿Qué debemos hacer, entonces, para ser felices en Occidente? ¿Qué lecciones debemos aprender, sin renunciar a nuestra historia ni nuestras identidades, de los orientales? ¿Qué necesitamos saber o practicar para atender esta necesidad, más bien este derecho humano universal de la felicidad?

Mientras pensaba esto, la gran nube cerró todo el cielo y amenazó con dejar caer la lluvia sobre mi cabeza.