Me he encontrado frente a una situación que es sencilla, compleja y dialéctica al mismo tiempo. En este mundo hay gente que no tolero, tanto porque me desagradan por sí mismos, como porque me han hecho daño, una u otra razón, o ambas juntas. En tiempos adolescentes hubiese gastado todas mis energías en planear y ejecutar venganzas (que nunca usaron violencia física, sino el filo de las palabras y el ridículo público como armas).
Pero ahora, más maduro (sin
llegar a serlo del todo, claro está), he decidido simplemente apartar a esas
personas de mi vida, llegando a una casi total indiferencia (me queda el
respeto como seres humanos aún, pero no aquel respeto que hubo cuando fueron parte de mi vida en
algún momento, ni cuando hubo afectos en el pasado). Y por no querer contaminarme con odio, ni
dañar mi salud física y espiritual con ello, he sido acusado de no tener
sentimientos, de que “¡Eres un monstruo!”.
Me gané el epíteto por no querer dañar a esas personas estando cerca de ellas, cuando no siento afecto alguno por ellas. Por querer vivir mi vida sin ellas, puesto que ya no son ni significativas ni útiles.
Pero por toda una otra parte, ser
un todoperdonador no me nace, puesto que si no lo siento, sería un completo
hipócrita, no tendría mérito alguno, y eso sería peor. Pero es toda la vuelta
que daré al asunto, ya que estoy contento de tener más piedras para mi
castillo.
Aún no decido con qué monstruo identificarme, pero creo que por tratar de proteger mi propia salud mental y mi felicidad, creo que Cerbero estaría bien para mí.


0 comentarios:
Publicar un comentario