Tras darse cuenta de cómo le pesaba la conciencia, y descontento por la parafernalia exaltada que le horrorizó la semana anterior, el pecador se dirigió a otro templo a buscar el encuentro con Dios. Mientras se dirigía hacia en santo lugar, oraba fervientemente para que le fuera dado el consuelo y el perdón misericordioso de sus pecados, ya que le estaba vedada la comunión divina.
Cuánta no sería su sorpresa al ver de lejos a un hombre calvo con un rostro serenísimo, con las manos juntas, asistiendo al obispo en la celebración, que aunque no hecha a la manera tradicional y milenaria, se sentía solemne. Con una reverencia traída desde tiempos remotos, leyó las Escrituras.
Fue algo que sobrecogió el corazón del pecador. El monje conducía cada palabra,
cada letra, con una suavidad danzante, pero natural, que generaba un eco
majestuoso dentro de las paredes del templo. Parecía un viaje en el tiempo.
Tras finalizar la Misa ,
el pecador se dirigió hacia su cura amigo, para ver si le podía perdonar los
pecados, y ante la imposibilidad, apareció providencialmente el monje, y
accedió gustoso a la petición. Escuchó al pecador con atención. Fue bastante
severo en su consejo, pero a la vez compasivo. Dio la penitencia y el perdón, y
hablaron brevemente sobre su hábito; y mientras el monje tomaba otra dirección,
el pecador se alejó de allí, maravillado y con lágrimas en los ojos, no sólo
por haberse reconciliado con Dios, sino también por haber conocido un carácter
forjado en la oración, en la contemplación divina y el desapego
De esas experiencias que ocurren, simplemente, sin asidero secuencial ni
lógico; o sea, de manera providencial.


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